Rufino Blanco Fombona

Caballero andante, amo y señor de las bellas letras, revolucionario, poeta, novelista, periodista, diplomático, político y temido espadachín, fue también una cifra valiosa de la masonería venezolana. Llegó al Grado de Maestro, dejando en las Logias el cálido recuerdo de su verbo afirmativo y de sus ideas genuinamente liberales.

A los veinte años, en 1895, alcanzó la fama con su poema “Patria”. En 1899, confirmó su gran talento creativo con la publicación de su libro “Trovadores y Trovas”. Junto con el nicaragüense Rubén Darío, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre, y el argentino Leopoldo Lugones, conformó la élite del movimiento modernista de las letras latinoamericanas, que ha sido llamado como la “época de oro” de la literatura de la América Hispana.

Rufino Blanco Fombona, era un incansable trabajador intelectual. Entre sus mejores obras pueden citarse a “El Modernismo y los Poetas Modernistas”, “Grandes Escritores de América”, “Más allá de los horizontes”, “Cuentos de Poeta”, “Pequeña Opera Lírica”, “El Hombre de Oro”, “La Lámpara de Aladino”, “El Espíritu de Bolívar”, “El Hombre de Hierro”, “Letras y Letrados de Hispanoamérica”, “Mazorcas de Oro”, “Bolívar y la Guerra a Muerte” y “La Espada del Samurai”. Escribió otros libros, sobre crítica, ensayo y apuntes históricos. Fue un escritor muy fecundo y de mucha calidad.

Además de poeta y escritor fue editor de obras de algunos autores venezolanos. Editó y prolongó las “Cartas de Bolívar”. En España fue Gobernador de Navarra. En Venezuela desempeñó el cargo de Presidente del Estado Miranda, anteriormente había sido Gobernador del Territorio Amazonas. Fue un tenaz combatiente de la dictadura de Gómez.

Este literato apasionado y rebelde, nació en Caracas en 1874. Pertenecía a una familia de hombres de letras. Sus enemigos, lo pintaron como un atrabiliario, repartidor de dobles y mandobles. Al respecto decía Rufino Blanco Fombona: “No hay un solo de mis lances personales del que sienta sonrojo o asomo de vergüenza, pues en todos estuvo comprometido mi pellejo y ninguno me es desdoroso, desde el famoso lío de Maracaibo, cuando siendo Secretario de la Presidencia del Estado antes de entronizarse en el Poder la “Bestia triunfante” o “Juan Bisonte”, el señor Benjamín Ruiz pretendía tener en mí no a un auténtico Secretario de Estado, sino a un lacayo, y ordenó al Coronel Izturzaeta ya varios oficiales que me pusieran preso en el propio Palacio Presidencial, donde yo era la segunda autoridad. Eso le costó la vida al Coronel y heridas graves a dos de sus esbirros que cobardemente me atacaron. También le costó su cargo al propio Presidente del Estado, Benjamín Ruiz”.

Rufino Blanco Fombona murió en Buenos Aires en 1944. Sus restos fueron llevados al Cementerio General de Caracas, y en 1974, trasladados muy merecidamente al Panteón Nacional. Sus libros han sido traducidos a casi todos los idiomas, inclusive al ruso.

Rufino Blanco Fombona

Camino de imperfección (fragmento)

“Quisiera, al morir, poder inspirar una pequeña necrología por el estilo de la siguiente: Este hombre, como amado de los dioses, murió joven. Supo querer y odiar con todo su corazón. Amó campos, ríos, fuentes; amó el buen vino, el mármol, el acero; el oro; amó las núbiles mujeres y los bellos versos. Despreció a los timoratos, a los presuntuosos y a los mediocres. Odió a los pérfidos, a los hipócritas, a los calumniadores, a los venales, a los eunucos y a los serviles. Se contentó con jamás leer a los fabricantes de literatura tonta. En medio de la injusticia, era justo. Prodigó aplausos a quien creyó que los merecía; admiraba a cuantos reconoció por superiores a él y tuvo en estima a sus pares. Aunque a menudo celebró el triunfo de la garra y el ímpetu del ala., tuvo piedad del infortunio hasta en los tigres. No atacó sino a los fuertes. Tuvo ideales y luchó y se sacrificó por ellos. Llevó el desinterés hasta el ridículo. Sólo una cosa nunca dio: consejos. Ni en sus horas más tétricas le faltaron de cerca o de lejos la voz amiga y el corazón de alguna mujer. No se sabe si fue moral o inmoral o amoral. Pero él se tuvo por moralista a su modo. Puso la verdad y la belleza -su belleza y su verdad- por encima de todo. Gozó y sufrió mucho espiritual y físicamente. Conoció el mundo todo y deseaba que todo el mundo lo conociera a él. Ni imperatorista ni acrático, pensaba que la inteligencia y la tolerancia debían gobernar a los pueblos y que debía ejercerse un máximun de justicia social, sin privilegio de clases ni de personas. Cuanto al arte, creyó siempre que se podía y se debía ser original, sin olvidarse del nihil novum sub sole. Su vivir fue ilógico. Su pensar fue contradictorio. Lo único perenne que tuvo parece ser la sinceridad, ya en la emoción, ya en el juicio. Jamás la mentira mancilló sus labios ni su pluma. No le temió nunca a la verdad, ni a las consecuencias que acarrea. Por eso afrontó puñales homicidas, por eso sufrió cárceles largas y larguísimos destierros. Predicó la libertad con el ejemplo: fue libre. Era un alma del siglo XVI y un hombre del siglo XX. Descanse en paz, por la primera vez. La tierra, que amó, le sea propicia. “

El Poder de la Palabra

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