Estado Laico

El concepto de “Estado Laico” versus “Estado confesional”, surgido históricamente a finales del XIX, y vinculado al “Siglo de las Luces” y a la Revolución Industrial, considera su fundamento en la “libertad de conciencia” y la no imposición de normas y valores morales contenidos en religión alguna.

Un “Estado Laico” no es sinónimo de hostilidad o indiferencia contra ninguna religión o Iglesia, sino todo lo contrario, basándose en los derechos constitucionales que garantizan la “libertad de conciencia” y “la libertad religiosa” como pilares del respeto a la “pluralidad” dentro de las sociedades “liberales”; basándose en estos principios, protege la diversidad religiosa y la cooperación con todas las confesiones dentro de la “neutralidad del Estado”.

Fernando  Savater, profesor de ética y filósofo, resume este principio cuando dice que “en la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que se pueda imponer a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos”.

Fernando Savater va mas allá, al añadir que: “Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas”.

Es de resaltar que durante el siglo XIX, especialmente en Francia, al proporcionar al sustantivo “laicismo” un contenido de “acción” y “proceso”, es decir, la puesta en práctica del laicismo, a través de la palabra “Laicización”, se entendió todo aquello que había que hacer para desvincular la educación del control de las órdenes religiosas, buscando una escuela pública, gestionada exclusivamente por el Estado, garantizando la igualdad para todos.

Este significado de “Laicización” ha ido configurándose, con toda su dimensión actual, durante los siglos XX y XXI al entenderse como resultado de la “evolución de las sociedades” a la luz de los “Derechos Humanos” y el respeto de la pluralidad.

La palabra laicismo procede del griego “laikus” (pueblo) en oposición a “Klerikus” (Clérigo).

El “laicismo” como fenómeno histórico, social, económico, político y cultural significa un “despertar” de la condición humana, un nuevo nivel de “conciencia colectiva”.

Para comprender ese “despertar” de la condición humana, podemos recurrir a los sustratos de nuestras culturas denominadas “occidentales”: a la antigüedad grecorromana, donde los filósofos intentaron explicar el origen de las creencias.

El poeta romano Lucrecio en “De natura rerum” (sobre la naturaleza de las cosas) decía que los hombres inventaron a los dioses para explicar las maravillas y los misterios de la naturaleza, para explicar lo que no entendían ni controlaban.

El sofista helénico Critias pensaba que la religión, y el temor a los dioses, se había inventado para imponer a cada uno el respeto a la sociedad: disciplina, moral, así como el sentido del bien y del mal.

La mayoría de antropólogos, psicólogos y sociólogos ven resumidos, en estos dos postulados, la justificación histórica y evolutiva de las las sociedades teocráticas y confesionales.

Es en la evolución de la condición humana y de las sociedades donde los Derechos Humanos y el respeto a la pluralidad construyen esa “nueva conciencia social”, es en ese nivel donde la “laicidad” adquiere todo su sentido.

El “laicismo” como fenómeno histórico, social, económico, político y cultural significa un “despertar” de la condición humana, un nuevo nivel de “conciencia colectiva”.

Ricart .·.

 

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