El Laicismo

Nelson Arguello Larrea M.· .M.·.

Etimológicamente, “laico” (“laos”, voz griega que significa pueblo) es aquel que no desempeña cargo eclesiástico, es decir, es el hombre del pueblo, por eso la iglesia católica usa el término laico para indicar a los que tienen la simple categoría de prosélitos o fieles.

Esta doctrina defiende la independencia del hombre, de la sociedad y especialmente del Estado de toda influencia eclesiástica o religiosa, permitiendo, de esa manera, el libre albedrío de la conciencia de cada individuo: La razón sobre el dogma.

El masón debe velar por el cumplimiento de las leyes y, por ende, defender el Estado Laico, que es atacado por aquellos dogmáticos que pretenden aplicar en la República las normas derivadas de su sectarismo. El Estado Laico no se combate por que sea masónico, porque sea contrario a las religiones, se lo combate porque la base de su existencia radica en la racionalidad del hombre.

Según los Antiguos Deberes, que se mantienen vigentes hasta nuestros días, se expresaba en lo fundamental de las leyes masónicas la idea del “humanismo”. Así, la principal preocupación de los masones es el perfeccionamiento del individuo. Para conseguir su fin, propone a sus adeptos que posean un pensamiento creador y, para lograr este objetivo, les exige: “pensar bien, hablar bien y actuar bien”. Se desprende que laicismo y Masonería son una simbiosis que permitirá aumentar la fortaleza moral del hombre, hacer una sociedad más justa y ofrecer la misma oportunidad de acceso a la educación y la cultura en un mundo globalizado.

El absolutismo de los siglos XVIII y XIX prohibió la libre circulación de las ideas y de los libros e impuso las ideas católicas y la defensa de la Iglesia. Se persiguió a los pensadores disidentes para prohibir el ejercicio de la Masonería en todo el territorio del reino y sus colonias, estableciendo la pena de muerte para todo individuo que profesase esas ideas.

Así nació el laicismo, como una barrera que debía proteger la libertad de pensamiento frente a la superstición, al fundamentalismo, al totalitarismo. Se levantaba como un faro que debía irradiar sobre la sociedad la tolerancia, como factor indispensable para que ésta pudiera desarrollarse. La Masonería asume como suyo el desafío de luchar por la igualdad entre los seres humanos y la defensa del laicismo como un valor contra el dogmatismo, sea político, social, económico o religioso. Los masones entienden la necesidad de permitir la libre opción de buscar sus propias concepciones religiosas.

El laicismo significa defensa de la libertad de conciencia, por lo que no es proclama de ateísmo ni movimiento antirreligioso; es espíritu de libertad y nace de la necesaria secularización de la ciencia, la filosofía, la historia y las instituciones. Sostiene que el Estado, como entidad de derecho, no puede profesar culto alguno, que, especialmente en la democracia, la educación es una función primordial del Estado, que la educación laica es el método educativo específico de la democracia, que el Estado debe proponerse formar hombres libres, ciudadanos y no súbditos, con discernimiento propio, que no es posible fundar en el dogma la educación del hombre libre y que, además, el laicismo escolar es la condición sine qua non para que la libertad de cultos no sea una ficción carente de valor real. El laicismo significa, esencialmente, una alteración de la relación entre el mundo y la religión; en lugar de ocupar ésta el lugar central y dominante de todas las actividades humanas, como ocurrió en cierta fase de la historia de Occidente, y actualmente ocurre en varios países, especialmente musulmanes, se la reduce a lo que debe ser su propia esfera, el fuero de la conciencia personal.

Después de la dura lucha desarrollada desde el siglo XVIII en que la Iglesia y el Estado se disputaron la escuela y la universidad, el laicismo moderno ha tenido que levantarse frente a las pretensiones de algunos de revitalizar a la Iglesia como poder político y ha tenido que levantar, una vez más, su voz respecto de las sectas y grupos religiosos excluyentes con signos de limpiezas étnicas.

Algunos católicos, protestantes, musulmanes y judíos quieren resolver sus diferencias con sangre y todos quieren tener un Dios hecho a su medida, que los ampare y favorezca y que, también, los justifique en sus desmanes e intereses, olvidándose de que se puede vivir con tolerancia, como algunas experiencias pasadas nos lo enseñan. Debemos defender denodadamente la universalidad de los derechos humanos, la tolerancia y la solidaridad.

El laicismo es luchar por lo nuestro, es abrir las ventanas de la comprensión y la justicia y es luchar sin tregua contra todos los fanatismos, que perturban y distraen en la tarea común del bienestar irrevocable del hombre. El laicismo debe iluminarnos y ayudarnos a caminar todos juntos, cada cual con su verdad, para conseguir en el futuro que el pensar en libertad sea lo natural y propio de cualquier ciudadano. Simplemente, se debe señalar que la mejor garantía para el desarrollo de las creencias personales es la existencia de un Estado plenamente laico, que practique plenamente la máxima evangélica de “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

En su fundamento, laicismo es sentir democrático y tolerante, pues no combate ninguna idea o sentimiento religioso, los respeta y los deja al dominio exclusivo de las conciencias; pero sí señala el peligro que significa la intolerancia religiosa, combatiéndola, porque ésta, muchas veces, en situación privilegiada, especula con las conciencias timoratas y crea un Estado dentro de otro Estado.

Concluiremos que el laicismo involucra la idea de libre examen, el derecho que tiene el hombre de conocer, analizar y sacar conclusiones según sus propias facultades. Es la rebelión de la razón ante imposición del dogma. Porque el dogma se ha valido de la ignorancia para precipitar a la humanidad en el abismo de lo sobrenatural, conduciéndola y subordinándola a sus propios intereses.

El ideal de libertad es laico porque le da a cada uno la posibilidad de seguir y profesar las ideas que su propia razón le dicta; el ideal de igualdad es laico porque la razón rechaza toda clasificación de los hombres en categorías que no sean las de la inteligencia, la capacidad de trabajo, la del valor moral, categorías establecidas por la razón y el ideal de Fraternidad es laico porque significa la aceptación de la libertad ajena y de la igualdad de los demás respecto a uno mismo.

El ideal laico es espíritu de progreso, de curiosidad que va siempre a la vanguardia, porque él no es retenido por traba alguna. No existe un objeto tabú ni una ignorancia digna de veneración; todo es materia de estudio, de búsqueda, de profundización. El ideal laico permite a los hombres sondear cada vez más profundo en lo desconocido y hacer descubrimientos útiles a la ciencia y a la humanidad.