Evolución de la Francmasonería Moderna desde 1877 hasta nuestros días

Introducción.-

Dado que el presente trabajo abarca un largo período, he dado prelación al desarrollo de la masonería en Francia que es donde la masonería del siglo XIX es más política y social. La mayoría de los masones no se preocupa tanto por la iniciación como por el poder temporal de la Orden. Sobre todo, en el desarrollo de masonería en Francia en donde se reclama una sociedad republicana y liberal. Y tras esa búsqueda se abandona el delantal, se simplifican los rituales vaciándolos de sustancia simbólica y se pierde el espíritu iniciático en la mayoría de los talleres. Y así suceden diferentes acontecimientos que la acercan ya al Estado, ya a la Iglesia, ya al ateísmo hasta llegar a la expulsión del Gran Arquitecto del Universo en el Gran Oriente Francés en 1877. A partir de esta fecha hago una síntesis cronológica de los acontecimientos más importantes que afectaron en alguna forma la evolución de la Francmasonería a finales del siglo XIX y gran parte del siglo XX.

Sin embargo, más allá de los errores humanos, de los intentos de adoctrinamiento, de los más diversos extravíos, quedan los rituales, los símbolos y la dimensión iniciática que la Gran Logia de Londres, con su tradicionalismo, ha podido traer hasta nuestros días. Por eso en el ya avanzado siglo XXI, el mundo actual es muy distinto del mundo que conocíamos hace unas pocas décadas atrás.  Bien se ha definido nuestra época como la era de la comunicación. El impresionante desarrollo de la electrónica, que se ha trasformado en la primera industria mundial, sobrepasando todas las industrias antes conocidas, así como sus aplicaciones en el campo de la comunicación, están trasformando de manera radical la forma como la gente trabaja, se entretiene y hasta como hace sus compras.

Me pregunto: ¿Pueden todas estas trasformaciones afectar a nuestra Orden? Si bien es cierto que los hombres en general son reacios a cambiar sus ideas, sus hábitos, su forma de vida, los factores externos, las fuerzas sociales y los cambios tecnológicos, les obligan a reconsiderar sus actitudes y buscar acomodo con las nuevas circunstancias.  Aunque estos procesos sean generalmente lentos, a veces son producto de guerras o revoluciones, e incluso en tiempo de paz su velocidad va en aumento.

La francmasonería no puede escapar a estos procesos históricos.  Sin embargo, es preciso subrayar que los problemas que enfrentan la Masonería no son los mismos en todos los países.  No es posible generalizar, ya que las grandes Logias se diferencian no solo en sus constituciones y rituales, sino también en su historia y tradición, y en el entorno social donde se encuentren, no obstante, seguiremos de predicando que siempre la Francmasonería, como institución de vanguardia frente a los cambios de la sociedad, ha trabajado por mejorar la condición del hombre y defender su dignidad, proclamando que solo finalizará su tarea cuando todos los seres humanos se sientan iguales, libres y llenos de buenas costumbres.  De ahí que la orden no cesará en su permanente labor, en busca del perfeccionamiento humano y de una vida entregada al servicio de todos, para conquistar un mundo mejor.  Por lo cual en cada nuevo acontecimiento que aparezca, la masonería estará preparada para vivirlo y enfrentarlo airosamente.

Desarrollo.-

Cuando en el convento del Gran Oriente Francés en el año 1877, el pastor Frèdèric Desmons presenta una síntesis de todos los estudios realizados y se pronuncia a favor de la supresión del Gran Arquitecto. “Solicitamos la supresión de esta fórmula porque nos parece del todo inútil y ajena al fin de la masonería. Cuando una sociedad de sabios se reúne para estudiar una cuestión científica, ¿se siente obligada a poner en la base de sus estatutos una fórmula teológica cualquiera? No ¿verdad? ¿Y no debe ocurrir lo mismo con la masonería? Los masones del Gran Oriente aprueban estas conclusiones y expulsan de las logias al Gran Arquitecto. El dios masónico ha muerto, y el artículo I de la nueva Constitución del Gran Oriente está redactado así: “La francmasonería tiene por objeto la búsqueda de la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, y el ejercicio de la beneficencia. Tiene como principio la absoluta libertad de conciencia y la solidaridad humana. No excluye a nadie por sus creencias. Tiene como divisa Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Ciertamente, se toman algunas precauciones al sostener que, si ya no es obligatorio creer en Dios, tampoco es necesario hacer profesión de ateísmo. Estos matices diplomáticos en nada cambian el hecho esencial.

La masonería del siglo XIX es política y social. La mayoría de los masones no se preocupa tanto por la iniciación como por el poder temporal de la Orden. No se apoya ya en templos, sino en grandes consignas como libertad, igualdad y humanismo, cuya interpretación varía hasta el infinito.

Es el siglo XIX, un siglo de confrontaciones y la masonería francesa es la que más las experimenta, por eso casi todo el trabajo trata todos estos acontecimientos y el surgimiento de diversas obediencias.

En enero de 1879, el francmasón Jules Grévy se convierte en presidente de la República. El francmasón Gambetta obtiene la Presidencia de la Cámara y el francmasón Jules ferry el puesto de ministro de Instrucción Pública. Ferry comienza un combate sin cuartel contra la enseñanza religiosa. Innegablemente, el principio de gratuidad de la enseñanza laica constituye un atractivo para muchas familias francesas. El Gran Oriente apoya sin restricciones la política de Ferry, pues desea arrancar el máximo de jóvenes de las manos de los eclesiásticos.

En 1880, el gobierno, al que puede calificarse sin exagerar de “gobierno masónico”, abre las hostilidades contra la Iglesia suprimiendo la Compañía de Jesús y obligando a todas las congregaciones a solicitar un reconocimiento legal en un plazo de tres meses, bajo pena de ser disueltas. En 1881, una gran victoria alegra a los masones: la gratuidad de la enseñanza primaria. La mayoría de católicos están indignados y doloridos; nunca habrían imaginado que la masonería pasaría así a la acción. Responden entonces con la calumnia, afirmando que los masones hollan con los pies el Santo Sacramento del altar en las logias. Algunos católicos son más tolerantes, como el cardenal Bonnechose, que hace un análisis lúcido de la situación; para él el catolicismo sufre un inevitable retroceso.

El 20 de abril de 1884 aparece la encíclica del papa León XIII, en referencia a la masonería dice: “se trata de destruir de punta a cabo toda la disciplina religiosa y social nacida de las instituciones cristianas y de sustituirlas por una nueva, modelada de acuerdo con sus ideas y cuyos principios fundamentales son tomados del naturalismo”. Esta vez, el Vaticano deja de lado los secretos y los temibles juramentos de la masonería para proceder a un análisis intelectual en profundidad; las anteriores frases son claras y revela cierto miedo de la Iglesia romana ante una Orden que reniega de la civilización cristiana y quiere instaurar una sociedad laica que no tenga necesidad alguna de espiritualidad, en el sentido católico del término. León XIII, a comienzos de su pontificado, no sentía ninguna especial animosidad contra los masones; fueron las sucesivas transformaciones del Gran Oriente las que le obligaron a reafirmar la posición doctrinal de la Iglesia.

La francmasonería y la Iglesia rompen, pues, todo contacto y las esperanzas de negociación se desvanecen. Los masones acusan a los jesuitas de haber alentado al papa a condenarlos y de haberle dictado los términos de la Encíclica; no son todavía conscientes de un peligro mucho más grave, un peligro que se llama Leo Taxil cuya obra titulada “Los misterios de la Francmasonería develados” es un  fantástico éxito de edición el año 1885. Es el inicio de una increíble mixtificación cuyas consecuencias son duraderas aún.

Este caso lo resume el Q:. H:. Edgar Perramón en su Breve Manual Masónico de la siguiente manera: “Leo Taxil – seudónimo del periodista francés Gabriel Jogand- Pagès, luchador anticlerical, etapa en la que escribió obras como Los amores de Pío IX, o Las amantes del papa, se convirtió súbitamente al catolicismo, en 1885.

Realizó una campaña, durante doce años (1885-1897), en contra de la Masonería. Su libro “hermanos Tres Puntos”, el ya nombrado “Los misterios de la Francmasonería develados y sus artículos de ficción convulsionaron a media Europa.

Taxil sostenía que la Masonería era la escoria de la raza humana, una cloaca de inmundicia, una vergonzosa plaga, tenebrosa, reptante y escondida por los más infames vicios…. Le atribuía a la Masonería crímenes, hechos deleznables, todo. Nunca se había extendido tanto la credulidad humana con tan grotesca mixtificación.

Leo Taxil sostenía que todos los viernes, a las 3 de la tarde, el jefe de la Masonería conversaba y planeaba la acción diabólica con el propio Lucifer.

El 19 de abril de 1897, 12 años después, en un teatro de París, Taxil anunció que revelaría hechos y acontecimientos sobre la Masonería. En honor a la verdad, dijo, todo no fue más que una historia divertida a costilla del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de los católicos, de los crédulos e incrédulos. Una historia divertida”.

Estas payasadas de Taxil tomaron un aspecto relativamente trágico, puesto que la Iglesia y la Masonería salen debilitadas de esa inverosímil prueba. La primera ha perdido la confianza de muchos católicos; la segunda sufre todavía el peso de las calumnias taxilianas, y algunas personas siguen convencidas de que el diablo aparece en las tras-logias donde se degüella a los recién nacidos.

En 1886, hay un despertar del esoterismo masónico gracias a hombres como Stanislas de Guaita y Oswald Wirth. Hojeando antiguos grimorios, advierten que el simbolismo de la Orden está lleno de sentido y que merece algo mejor que un desdén teñido de ironía. Sus primeros esfuerzos son discretos, pues la mayoría de los masones tiene otras preocupaciones, sobre todo en el terreno de la enseñanza donde los profesores se adhieren, cada vez de mejor gana, a la masonería. Cuando los masones simbolistas publican un Ritual interpretativo para el grado de Aprendiz, son desaprobados por las instancias superiores de la Orden y reciben la adhesión de una sola y única logia donde, sin embargo, pueden reagruparse para proseguir su trabajo de investigación. Pese a las dificultades internas, el renacimiento esotérico se inicia.

En 1895 se creó una nueva obediencia masónica, la Gran Logia de Francia, que es hoy el segundo poder masónico francés por el número de hermanos. Mantiene buenas relaciones con el Supremo Consejo del Rito Escocés, que le concede la administración de las logias llamadas “azules” (grados de aprendiz, de compañero y de maestro) y conserva la de los altos grados (del cuarto al trigésimo tercer grado del Rito Escocés). La nueva Gran Logia desea diferenciarse claramente del Gran Oriente; sus talleres trabajan a la gloria del Gran Arquitecto y cuentan con masones simbolistas que no tiene ambición política alguna, En 1896 existen dos bloques masónicos: el Gran Oriente por un lado, y el Supremo Consejo del Rito Escocés y la Gran Logia de Francia, que permanecerán unidos hasta 1964, por el otro.

El caso Dreyfus, que estalla en 1898, provoca una inmensa oleada de antisemitismo. Esto divide a los masones en dos bandos. El periodista Drumont no vacila en afirmar que la masonería es un conglomerado de judíos y hugonotes fanáticos que, si no se tiene cuidado, pronto dirigirán Francia.

En 1899, hay unos 24.000 y, entre ellos, están los más influyentes políticos. Las logias estudian temas como la remuneración de los maestros, las casas de jubilación, las modificaciones del código penal, el alcoholismo. Se hacen también estudios sobre la asistencia pública, el problema de la vejez o la democratización de la enseñanza. El Gran Oriente alienta la simplificación de los rituales y la supresión de símbolos que considera anticuados.

Siglo XX.-

El masón Emile Combes obtiene la presidencia del Consejo en 1902. Hace que se cierren miles de escuelas religiosas y ordena la expulsión de los monjes.

En 1904 se empaña una vez más el renombre de la Orden. Por una denuncia del masón Bidegain, la opinión pública sabe que el Gran Oriente posee miles de fichas destinadas a diferenciar los oficiales realmente republicanos de los demás, es decir, de los malos soldados que son todavía católicos. Estas fichas se entregan al Ministerio de la Guerra. Buen número de masones del Gran Oriente encuentran excesiva esta guerra solapada contra la Iglesia y se vuelven hostiles a Combes, que debe dimitir en enero de 1905. Uno de los mayores artífices de su caída no era otro que Alexandre Millerand, su hermano en masonería, que fue luego expulsado del Gran Oriente.

La gran esperanza de Combes, la separación de la Iglesia y del Estado, se realiza, sin embargo, en 1905. Hasta 1914, el gobierno inspirado en la masonería hace votar leyes sociales para mejorar la suerte de los obreros y desarrollar el sentido de la salud pública. Junto a esa francmasonería social cuya buena voluntad no puede negarse subsiste, a pesar de todo, una masonería iniciática cuyo más célebre representante es Oswald Wirth, que funda, en 1912, la revista Le Simbolisme en la que escritores masónicos intentan recuperar el significado de sus rituales y de sus símbolos.

Edouard de Ribaucourt, profesor de ciencias naturales, piensa que la herencia de los constructores medievales es el mayor tesoro de la masonería. El Gran Arquitecto le parece una base intangible de la Orden, al igual que el Volumen de la Ley Sagrada simbolizado por la Biblia. Tales ideas no son muy apreciadas por el Gran Oriente al que pertenece Ribaucourt, quien presenta su dimisión y funda, en 1913, una nueva obediencia masónica, la “Gran Logia Nacional Independiente y Regular para Francia y las colonias francesas”, la actual Gran Logia Nacional Francesa.  En un manifiesto del 27 de diciembre, expresa:” Nos hemos visto llevados, para salvaguardar la integridad de nuestros rituales rectificados y salvar, en Francia, a la verdadera masonería de tradición, la única mundial, a constituirnos en Gran Logia Nacional independiente y regular para Francia y las colonias francesas”. La Gran Logia de Inglaterra ve renacer en Francia una tendencia masónica a la que aprueba.

La Primera Guerra Mundial proporciona a los masones, como a los demás franceses, su cortejo de lutos y de sufrimientos. En 1917 la masonería francesa alienta la eclosión de la Revolución Rusa en la que participan las escasas logias clandestinas del imperio zarista; sus esperanzas serían de corta duración, pues Lenin y Trotski no toleran la presencia de sociedad secreta alguna en el territorio de la Unión Soviética, situación que prevalece en nuestros días.

En Francia, el partido radical, principal sostén de la Orden, no tiene ya la misma audiencia después de la guerra. Compite con nuevos partidos de izquierda que no están enfeudados en la masonería. La Orden sigue siendo fuerte, puesto que cuenta en 1919, con más de 2.500.000 masones en el mundo que hacen oír sus tesis humanistas por la voz de la Sociedad de Naciones que dirige el francmasón León Burgeois. El hermano Quartier la Tente intenta poner en contacto todas las obediencias mundiales por medio de un buró internacional de relaciones masónicas; su fracaso se consuma en 1920, pues los ingleses se oponen a este proyecto que deja indiferente a la mayoría de las logias.

El Gran Oriente y la Gran Logia de Francia participan en el congreso de 1921, en Ginebra, donde las tendencias masónicas presentes intentan redefinir la naturaleza de la Orden tras las pruebas de la guerra. Se concluye que todos los hombres son hermanos y que la masonería es, esencialmente, una institución filosófica y progresista que busca mejoras materiales, sociales, intelectuales y morales para el mayor beneficio de la humanidad. En el plano político, eso supone decir que la masonería francesa debe situarse en el meollo de la unión de izquierdas para organizar una poderosa defensa nacional y promover el espíritu cívico en cualquier circunstancia.

En el IV Congreso de la Internacional Comunista, noviembre de 1922, en el orden del día figura la decisión de romper cualquier contacto con la francmasonería mundial, no es ya posible ser, a la vez, miembro del Partido Comunista y francmasón. Los comunistas que  pertenezcan todavía a la Orden deberán presentar su dimisión, puesto que la masonería es sólo una emanación de la burguesía reaccionaria entre otras muchas. La mayoría de los masones franceses abandona el partido comunista, pero esta disensión no será definitiva; en 1945, el Partido Comunista y el Gran Oriente reanudarán unos vínculos que, luego, irán ampliándose. En 1923, el fascismo italiano declara la guerra al Orden desvalijando o destruyendo algunas logias.

Durante el año 1924, el Gran oriente intenta reafirmar sus posiciones políticas reuniendo, varias veces a los principales dirigentes de los partidos políticos de izquierda. La Unión de las Izquierdas ve la luz tras un debate celebrado en el local del Gran Oriente. La francmasonería se convierte en una especie de súper-partido político que corona el conjunto de los movimientos republicanos ofreciéndoles una mística humanista alimentada por la certeza de que el pensamiento humano evoluciona constantemente. Humanismo que conoce algunas restricciones, puesto que las logias prusianas no aceptan a ningún judío y las logias de la Jurisdicción del Norte de los Estados Unidos frenan al máximo su admisión.

La francmasonería de los Países Bajos toma, en 1927, una iniciativa hábil y respetuosa de la tradición masónica, al mismo tiempo, para lograr que cesen las diferencias entre obediencias nacionales; en la asamblea de la Asociación Masónica Internacional, propone a todos los masones que reconozcan la existencia de un principio superior, simbólicamente denominado Gran Arquitecto del Universo, puesto que esa posición deja a cada masón libre de mantener sus opciones religiosas. Ese inteligente intento fracasa, pues las obediencias se aferran a sus doctrinas particulares.

Exasperada por estas disensiones, la Gran Logia de Inglaterra dirige a las obediencias francesas el gran ultimátum de 1929. Sólo la Gran Logia Nacional francesa, fundada en 1913, responde a los criterios de regularidad que dispensan los ingleses. Consisten, de entrada, en reconocer la soberanía absoluta de la Gran Logia de Inglaterra, luego de creer en la voluntad revelada del Gran Arquitecto, en colocar de un modo visible las tres Grandes Luces en la logia (el Volumen de la Ley sagrada, la Escuadra y el Compás), en prohibir cualquier discusión política y religiosa en los talleres. El Gran Oriente se muestra del todo insensible a este acto de soberanía y prefiere permanecer en la “irregularidad” antes que ceder a las exigencias inglesas. Ni siquiera  el simbolista Oswald Wirth aprecia esta voluntad de hegemonía y no vacila en escribir en 1930: “Concedemos toda nuestra indulgencia a los débiles de espíritu, pero cuando exigen que les demos la razón, exageran. No renegaremos por oportunismo de los principios que hacen la grandeza y la fuerza de la francmasonería. Diez fieles valen más que miles de extraviados”.

Según el análisis del masón Marèchal, la francmasonería de comienzos del siglo XX se divide en dos tendencias que considera igualmente contrarias al verdadero espíritu masónico; por un lado se encuentra la Gran Logia de Inglaterra que cree poseer la verdad e imponerla, por el otro el Gran Oriente y sus émulos, que confunden iniciación y política.

En 1932, para Renè Guènon, admitido como francmasón en 1907 y que abandona definitivamente las logias en 1914, el mundo moderno es absolutamente anti tradicional y anti iniciático; en varias obras, considera que la Masonería y el Compañerismo son las dos únicas sociedades occidentales cuya autenticidad tradicional es indiscutible, pero reprocha a la primera que haya olvidado los principios básicos de la iniciación que considera un deber recordarle.

Los años 1933-1934 son cruciales para la Orden: los países donde reinan doctrinas totalitarias, como Alemania o Italia, persiguen a los masones. En Francia, los católicos publican listas donde se revelan los nombres de miles de masones. Los partidos monárquicos favorecen la creación de ligas antimasónicas que pasan a la ofensiva y saquean logias de provincia. La oleada antimasónica aumenta hasta el punto de que un proyecto de ley referente a la disolución de la masonería es presentada en la Cámara el 28 de diciembre de 1935; es rechazada por 370 votos contra 91.

La llegada al poder del Frente Popular, aprobada y alentada por el Gran Oriente, devuelve cierto vigor al reclutamiento masónico que había disminuido considerablemente los años precedentes. Se admite entonces sin el menor control ni la menor exigencia, a todos los que desean entrar en las logias para obtener una promoción social más rápida y mejorar su red de relaciones profesionales.

La Segunda Guerra Mundial interrumpe brutalmente los trabajos de la pequeña minoría de masones que desean restaurar el esoterismo de su Orden. A los movimientos antimasónicos les sucede una verdadera persecución que comienza con el decreto de Vichy del 14 de agosto de 1940, que suprimió todas las sociedades secretas. Se procede a arrestos y a ejecuciones sumarias y los funcionarios masones son expulsados de sus puestos. El gobierno del mariscal Pètain sólo había disuelto la Gran Logia de Francia y el Gran oriente, olvidando las demás obediencias; los alemanes, que identifican a los francmasones con los judíos, llevan a cabo una precisa investigación sobre las corrientes masónicas francesas y exigen la prohibición de las obediencias omitidas por el decreto. Oficiales alemanes se dirigen a los distintos locales masónicos y se apoderan de archivos y ficheros.

El Gran Maestro de la Gran Logia de Francia, Dumesmil de Gramont, es un amigo personal del general De Gaulle. Aboga ante él por la masonería y es escuchado. Por una orden del 15 de diciembre de 1943, el general anula la ley de Vichy y devuelve a las sociedades secretas una existencia legal. A partir de 1943, los masones se reúnen de nuevo e intentan preparar la unión de todas las obediencias. El proyecto fracasa rápidamente, puesto que el Gran Oriente y la Gran Logia de Francia toman direcciones distintas; el primero desea abandonar cada vez más la investigación simbólica, el segundo, por el contrario, desea profundizar en la tradición masónica.

En 1944, una masonería dolorida se interroga de nuevo sobre su vocación. Varias logias han sido diezmadas por la guerra, hay que proceder a una depuración reintegrando en la Orden solo a los hermanos que no han traicionado de un modo u otro. Se utilizará incluso el término de “limpieza espiritual” para calificar este período de la transición. Está del todo claro que la Orden masónica no tiene ya poder político alguno al finalizar el segundo conflicto mundial. El Gran Oriente al no disponer de una influencia suficiente para participar en los asuntos del estado, hace que sus logias trabajen sobre temas como la seguridad social, la demografía en el mundo o la enseñanza laica.

El Gran Maestro del Gran Oriente, Francis Viaud, recuerda a los miembros de su obediencia que cuanto más se ocupe de política, la masonería más débil será; sus esfuerzos no se ven coronados por el éxito, pues los masones del Gran Oriente sueñan con restaurar su poder social de antaño. Desde la liberación hasta nuestros días, la masonería francesa vive en paz.

Breves reflexiones sobre la evolución y la naturaleza de la Francmasonería moderna.-

Remontémonos a su fecha de nacimiento en 1717. Es una institución sensiblemente distinta de la masonería antigua cuyo arte de construir el templo y el hombre era el criterio esencial. En el siglo XVI, secreto, fraternidad y tolerancia son aún los rasgos sobresalientes de la cofradía que profundiza en la práctica tanto de las ciencias herméticas como de la astrología y la alquimia. Con la entrada masiva de aristócratas, humanistas y racionalistas, la Orden cambia de rostro.

Durante el siglo XVIII, la masonería inglesa que se atribuye la soberanía legislativa es resueltamente religiosa y respetuosa del orden establecido. En Francia, el Rito Escocés afirma su creencia en el cristianismo y no vive conflicto intelectual y social alguno con la Iglesia. Se advierte sencillamente que algunos masones comienzan a poner el conjunto de las religiones en el mismo plano y sitúan a la masonería más allá de las confesiones, como habían hecho sus predecesores de la antigüedad.

Hasta 1775, el ideal de la masonería moderna consiste en elevar templos a la virtud y excavar escondrijos para el vicio. Algunas minorías se ocupan del ocultismo y se mencionan los nombres del filósofo Saint Martin, el místico Willermoz, el bribón Cagliostro. Fácilmente se confunde espiritualidad y teosofía, simbolismo y acertijo.

Se llegó a identificar el pensamiento masónico del siglo XVIII con la filosofía de las luces. Algunos historiadores pensaron que la masonería había sido el primer foco de ateísmo, mientras que los pensadores más críticos rechazaban semejante actitud. Es muy probable que Montesquieu se convirtiera en masón porque amaba el régimen político inglés y que la masonería fuera considerada una perfecta emanación del humanismo británico. Diderot no tuvo necesidad de la masonería para dirigir la Enciclopedia, y Voltaire se burló a menudo de las logias cuyo nivel intelectual le parecía muy insuficiente.

A finales del siglo XVIII, la masonería puede ser calificada de “Orden de corte”, pues los grandes personajes del reino se adhieren de buena gana a la cofradía, que mantienen en la vía de las buenas costumbres. La corte no es ya el centro de pensamiento del país; para encontrar las nuevas teorías y los análisis críticos de la sociedad, hay que volverse hacia los salones llamados “literarios”, hacia los clubes de tendencia política, hacia los cafés donde se reúnen los “contestatarios”. Aunque esas ideas penetraron efectivamente en algunas logias, no fueron éstas las que las crearon, y la mentalidad masónica no tenía el menor carácter revolucionario.

La masonería del siglo XIX es, ante todo, política y social. La mayoría de los masones no se preocupa tanto por la iniciación como por el poder temporal de la Orden; todas las tendencias se confunden en las logias y se olvida el mensaje de Pitágoras, que había procurado dividir su cofradía en dos cenáculos, uno reservado a los estudios esotéricos y el otro a las funciones honoríficas y sociales. La masonería no se apoya ya en templos, sino en grandes consignas como libertad, igualdad y humanismo, cuya interpretación varía hasta el infinito. De ese modo, la Orden masónica no tuvo orientación espiritual precisa durante el siglo XIX; ofrecía un marco de discusiones más o menos apasionadas según el momento.

El siglo XIX masónico es también el de los grandes discursos pomposos en el que se exalta una total fraternidad entre los hombres y se reclama una sociedad republicana y liberal. Las reuniones masónicas, llamadas “sesiones”, son sin embargo cada vez más descuidadas; a veces se abandona el delantal, se simplifican los rituales vaciándolos de su sustancia simbólica. El propio Gran Oriente recuerda a sus miembros que es necesaria cierta dignidad en estas reuniones.

La masonería moderna se aferra especialmente a dos ideas-fuerza, la igualdad y la fraternidad. Esta voluntad de igualitarismo acarreó la confusión de los valores espirituales y políticos en el seno de las logias, y el masón Lantoine pudo advertir, en 1926: “La democratización de la francmasonería ha hecho bajar su nivel intelectual y, por consiguiente, ha disminuido su autoridad y ha comprometido su influencia”.

La fraternidad, en el marco de la sociedad del siglo XVIII, era una innovación; el burgués y el noble se llamaban “hermano” y derribaban así las barreras sociales.

Sin embargo, no todo era tan idílico como podría suponerse; en Europa, varias obediencias masónicas prohibieron a los judíos la entrada en los templos y otros solo los recibían con reticencias. En los Estados Unidos, los negros fueron mantenidos al margen y se agruparon en una obediencia particular, Príncipe Hall. Algunos problemas, desconocidos para la masonería antigua, marcaron el destino de la masonería moderna, como el de los altos grados. Estos fueron el resultado de iniciativas individuales, cuando algunos masones pensaron que la constitución de la logias “azules”, correspondientes a los tres primeros grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, carecía de coherencia y de seriedad. A partir del siglo XVIII, los sistemas de “altos grados” pulularon, yendo de siete grados a noventa. Creados en su origen, para “purificar” la masonería y organizar talleres donde los miembros fueran cuidadosamente puestos a prueba, los “altos grados” se convirtieron rápidamente en ocasión para distribuir honores y títulos rimbombantes. Para Oswald Wirth la plenitud masónica es conferida por los tres primeros grados tradicionales. El masón Marius Lepage, consideraba que los “altos grados” preservaban elementos interesantes en el plano histórico e intelectual, pero “no son en modo alguno una “iniciación”. La jerarquía de los 33 grados del escocismo puede ilusionar… Es simplemente una jerarquía administrativa. La masonería iniciática tradicional está completa con los tres primeros grados”.

La estricta aplicación de los tres primeros grados habría evitado la promoción demasiado rápida de los masones, pues una buena enseñanza esotérica hubiera permitido distinguir el buen grano de la cizaña. A mediados del siglo XVIII, se es Maestro en unos pocos meses, sin haber dado la menor prueba de aptitud para tan importante función.

Finalmente, existió en la masonería moderna una corriente iniciática que reunió las enseñanzas de los alquimistas, los rosacruces, los cabalistas, los templarios y de todas las organizaciones iniciáticas. Sus adeptos, aunque en un número muy reducido durante los siglos XVIII y XIX, consiguieron salvaguardarlas a pesar de todos los peligros. “La francmasonería”, escribía Lessing en sus Diálogos masónicos de 1778, “no es algo arbitrario, superfluo, sino una necesidad de la naturaleza humana y una necesidad social. Así debe ser posible descubrirla tanto por una búsqueda personal como por indicaciones recibidas de otro. Siempre ha existido”.

Criterios de las principales Obediencias contemporáneas.-

En base al anterior balance del pasado de la masonería moderna veamos las distintas opciones masónicas en el marco del mundo actual.

La masonería contemporánea no es, en ningún país, una secta muy cerrada que se rodea del mayor misterio. En todas partes donde existe, es una asociación legalmente registrada y sus dirigentes hacen declaraciones públicas. No disponen de fondos secretos y tesoros ocultos; sólo subsisten por las cotizaciones de sus miembros.

Hoy como ayer es preciso diferenciar la Orden masónica que tiene un carácter universal y las obediencias nacionales cuya historia está vinculada a factores religiosos, políticos y sociales. En el plano material, dependen de algunos altos dignatarios que se encargan del destino material de la asociación. En el plano iniciático las logias disponen de cierta independencia siempre que respeten las reglas generales de la masonería tal como la concibe la obediencia de la que forman parte.

La mayor nación masónica es, indiscutiblemente, América del Norte. Toda su historia muestra la huella del ideal masónico que inspiró en gran parte, la primera Constitución de los Estados Unidos. La mayoría de sus presidentes perteneció a la Orden.

Los masones americanos se ocupan sobre todo de beneficencia; financian la construcción de guarderías, hospitales, residencias de ancianos. Su principal preocupación es mantener una cálida camaradería y preservar una especie de gran familia done los hermanos entablan sólidos vínculos afectivos y materiales. Esta tendencia relega a un segundo plano el simbolismo y la iniciación propiamente dichos.

Tanto en Inglaterra como en América, acceder a la masonería es un honor. La masonería anglosajona forma un bloque coherente en el que cuenta la respetabilidad de los miembros; sus talleres intentan formar masones fraternales y perpetuar el tipo del” hombre honesto” respetuoso de la sociedad circundante. El masón anglosajón está perfectamente integrado en su nación y forma parte de uno de los organismos más honorables que sólo es criticado muy raramente.

En China y en la Unión Soviética, la masonería estaba prohibida, como lo estaba también en España y Portugal.

En Italia, los violentos conflictos entre masonería y catolicismo se han apaciguado; las obediencias italianas son numerosas y están divididas. En su conjunto han abandonado el anticlericalismo sumario mientras que el Vaticano extiende, poco a poco, su espíritu ecuménico hasta la francmasonería.

El caso francés presenta notables particularidades. Se reparten en tres obediencias principales: el Gran Oriente de Francia, la Gran Logia de Francia y la Gran logia Nacional francesa. Deben añadirse a ello cuatro asociaciones: la Gran Logia Nacional Francesa Ópera, la Federación Mixta del Derecho Humano, la Gran Logia Femenina de Francia y la Orden de Memphis Misraim.

Para el Gran Oriente de Francia (más de veinte mil miembros), fiel a sus costumbres del siglo XIX, la participación en la vida política se adecua a la moral masónica. Asociación filantrópica y filosófica, el Gran Oriente tiene por divisa Libertad-Igualdad-Fraternidad. Desde 1877, ha suprimido de sus rituales la frase “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo”, así como el volumen de la Ley sagrada, simbolizado por la Biblia.

Para la Gran Logia de Francia (más de diez mil masones), la francmasonería ofrece a sus iniciados varios grados de perfeccionamiento, que le masón asimila poco a poco, lo que le permite matizar sus opiniones y modificar su punto de vista inicial sobre el individuo y sobre la humanidad. No hace política y no impone obligaciones religiosas a sus adherentes. Trabaja a la Gloria del Gran Arquitecto.

El masón de la Gran Logia encuentra en sus talleres un humanismo cultural de calidad; participa en profundos estudios sobre los grandes problemas del hombre, cuyas motivaciones sensibles e intelectuales intenta comprender mejor.

La Gran Logia Nacional Francesa (más de cuatro mil miembros) alberga logias francesas, logias inglesas y logias de militares americanos. Los temas políticos están excluidos y no se permite abordar problemas prácticos contemporáneos en los trabajos de taller. Conserva en sus rituales el Volumen de la ley sagrada y trabaja a la Gloria del Gran Arquitecto. Sus miembros reconocen la existencia de un principio divino y consagra todos sus esfuerzos a tomar más conciencia de ello. Están muy aferrados al valor de los símbolos y de los rituales que les parecen las fuerzas más vivas de la masonería.

Siglo XXI.-

La masonería contemporánea ofrece al público un muy vasto abanico de posibilidades. Las opciones intelectuales son numerosas, las corrientes de pensamiento masónico son múltiples.

Hay una masonería fraternal en la que se hace hincapié en la calidad de las relaciones humanas.

Hay una masonería de beneficencia que utiliza el dinero de la asociación para ayudar, en la medida de sus medios, a los masones en dificultades y a los grupos sociales desfavorecidos.

Hay una masonería humanista que se vincula a la definición de los valores humanos, a la comprensión del progreso económico y de las leyes de una sociedad armoniosa.

Hay una masonería política o comprometida que intenta participar en la buena marcha de la nación. Algunas obediencias se sitúan más bien a la izquierda, más bien en el centro. La tendencia anglosajona es bastante conservadora mientras que el Gran Oriente de Francia desearía profundos cambios.

Hay una masonería teísta que desea aproximarse a la Iglesia y mostrar la importancia de la creencia en Dios. Sin ser una iglesia en sentido estricto, rechaza el ateísmo y el anticlericalismo en todas sus formas.

Hay por fin, una masonería iniciática y esotérica cuya principal preocupación es el estudio del simbolismo y de su transmisión a través de las edades y entre los iniciados.

Conclusiones.-

Históricamente desde sus remotos orígenes, la Francmasonería, como institución de vanguardia frente a los cambios de la sociedad, ha trabajado siempre por mejorar la condición del hombre y defender su dignidad, proclamando que solo finalizará su tarea cuando todos los seres humanos se sientan iguales, libres y llenos de buenas costumbres.  De ahí que la orden no cesará en su permanente labor, en busca del perfeccionamiento humano y de una vida entregada al servicio de todos, para conquistar un mundo mejor.  Por lo cual en cada nuevo acontecimiento que aparezca, la masonería estará preparada para vivirlo y enfrentarlo airosamente.

Ya avanzado el siglo XXI se repiten en nuestros talleres, preguntas tales como ¿En qué forma la masonería enfrentará con éxito los desafíos que ya se viven y los que se vislumbran? ¿Cómo se comportará ante los veloces cambios que se originan por el asombroso avance científico, tecnológico y de otros campos para no quedar transformada en una institución obsoleta y sin razón de existir?

A muchos masones les preocupa si nos comunicamos o no por Internet, si nos podemos alejar de la realidad, de que cada vez que el hombre da un paso más allá, su conocimiento de la vida y del universo debe reubicarse.  Cada avance en el saber debe traducirse en una transformación, en un perfeccionamiento de sus valores, desprendidos ya de una reubicación continua. Esto significa una ubicación dinámica, que permite permanecer en nuestra realidad.  Para ello cada masón debe conocer en esencia y en profundidad, lo que es en sí la masonería para que no piense que la tecnología  puede debilitar la cadena fraternal de la que todos somos parte.  No importa desafío o cambio alguno, nuestra historia así lo ha demostrado, la fraternidad se mantendrá eternamente a la vanguardia de una humanidad culta y civilizada, por lo que ella es y no por lo que cada uno de sus miembros quisiera que  fuera.  Y si las dificultades pudieran acentuarse con los cambios, los verdaderos masones acentuaran también su energía demostrando su capacidad para superarlas, y lo harán bajo la inspiración ideal, que surge de la grandeza insuperable de la orden.

Otro factor que debemos tomar en consideración  es que muchos de los postulados de la Francmasonería, como es la igualdad ante la ley, la  fraternidad de las personas y los pueblos, la libertad de expresión, la  educación universal , la responsabilidad mutua y la ayuda al necesitado, todo eso y mucho más, ha pasado a integrar el acervo cultural de las naciones ilustradas, conduciendo a la creación de numerosas instituciones  políticas  y asociaciones voluntarias de beneficencia que cumplen con los preceptos.

M:.M:. Rafael Valencia Valencia.

Or:. de Caracas, 22 de febrero de 2020 (E:.V:.)

Bibliografía.-

  • Breve manual Masónico. Edgar Perramón Quilodrán
  • Biblioteca Masónica Venezolana. Efraín Subero.
  • Los Masones. Jasper Ridley
  • Diverso artículos en Internet.
  • Biblioteca Resp:. Logia Lautaro Nº197