Las Encíclicas de los Papas Pio VII y León XII en contra de las independencias

INTRODUCCION

1.- Encíclica: Del griego “enkýklios”, que significa círculo

2.- Las encíclicas papales, son cartas solemnes que dirige el sumo pontífice al mundo católico: a los Obispos y/o arzobispos de la Iglesia

3.- El presente trabajo, se ocupará de las encíclicas “Etsi Longissimo del Papa Pio VII (1800-1823) y la encíclica “Etsi iam diu” del Papa León XII (1823-1829)

4.- Estas dos encíclicas abarcan la mayor parte del tiempo de guerras por la Independencia de los países de América Hispana.

Encíclica “Etsi Longissimo” del papa Pio VII

(30 de enero de 1816)

A los venerables arzobispos y Obispos, y a los queridos hijos del Clero de la América sujeta al Rey Católico de las Españas.

Pio VII, PAPA

Venerables e hijos queridos, salud y nuestra apostólica bendición. Aunque inmensos espacios de tierras y mares nos separan, bien conocida nos es vuestra piedad y vuestro celo en la práctica y producción de la santísima Religión que profesamos. Y como sea uno de sus hermosos y principales preceptos el que prescribe la sumisión a las Autoridades superiores, no dudamos que, en las conmociones de esos países, que aun amargas han sido para Nuestro Corazón, no habréis cesado de inspirar a vuestra grey el justo y firme odio con que debe mirarlas. Sin embargo, por cuanto hacemos en este mundo las veces del que es Dios de paz, y que el nacer para redimir al género humano de la tiranía de los demonios quiso anunciarla a los hombres por medio de sus ángeles, hemos creído propio de las Apostólicas funciones que, aunque sin merecerlo, Nos competen, el excitaros más y más con esta carta a no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países. Fácilmente lograreis tan santo objeto, si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda las terribles y gravísimos perjuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de Nuestro carísimo hijo en Jesucristo; Fernando, vuestro Rey Católico, para quien nada más precioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos; y finalmente, si les pone a la vista los sublimes e inmortales ejemplos que han dado a la Europa los españoles que despreciaron vidas y bienes para demostrar su invencible adhesión a la fe y su lealtad hacia el Soberano. Procurad, pues, Venerables hermanos e Hijos queridos, corresponder gustosos a Nuestras paternales exhortaciones y deseos recomendando con el amor ahínco la fidelidad y obediencia debidas a vuestro Soberano y Nos profesamos; y vuestros afanes y trabajos lograrán por último en el Cielo la recompensa prometida por aquel que llama bienaventurados e hijos de Dios a los pacíficos. Entre tanto, Venerables Hermanos e Hijos queridos, asegurándoos el éxito más completo en tan ilustre y fructuoso empeño, os damos con el mayor amor Nuestra Apostólica Bendición. Dada en roma en Santa María la Mayor con el sello del Pescador; el día treinta de enero de mil ochocientos diez y seis, de Nuestro Pontificado el decimosexto.

Pedro de Leturia; Respecto de esta encíclica, dice:

No contiene excomunión alguna ni siquiera conminación de fulminarla o de negar la absolución a los patriotas de Hispanoamérica. En tono más bien de exhortación paternal, tan propio de su manso carácter, Pio VII amonesta a los obispos y clero del Imperio español que, recomendando la fidelidad y obediencia debida al Rey de España, expongan a sus fieles los terribles males que acompañan a las defecciones, las virtudes que concurren en la persona del Rey Fernando, y el ejemplo imperecedero de los españoles de Europa que no dudaron en exponer recientemente sus fortunas y la propia vida para conservarse (ante la invasión napoleónica) fieles a la religión y al Soberano. Dada pocos meses después de la segunda y definitiva caída de Bonaparte, el documento de Pío VII extiende a la América hispana los sentimientos de legitimidad que en aquellos momentos eran universales en toda Europa, comenzando por Inglaterra.

Pero de hecho la situación de los países de América ofrecía en muchos aspectos diferencias notables con el clima político-religioso de Europa. Esto vale especialmente para Argentina y para las regiones que pocos años más tarde formaron la Gran Colombia de Bolívar. Por eso precisamente, mientras la Encíclica pontificia fue comentada en tono legitimista y tranquilo en la Nueva España y en el Perú, virreinatos que entre 1816 y 1820 siguieron sustancialmente adheridos a la Corona, no se conoció sino superficialmente en las Provincias Unidas del Río de la Plata, que precisamente aquel mismo año de 1816 se separaron definitivamente de España en el Congreso de Tucumán y fue comentada y discutida con acrimonia y cólera extraordinarias en Venezuela y Nueva Granada de Bolívar.

1.- Polémica en Caracas: el provisor Mata y el Dr. Roscio

La primera publicación del Breve pontificio en la futura Gran Colombia se debió al Provisor de Caracas Dr. Manuel Vicente Maya, que gobernaba aquella Iglesia a nombre del arzobispo Coll y Prat, desterrado en España. Aunque venezolano de nacimiento y educación, era el Dr. Maya realista acérrimo, y lo tenía mostrado desde la primera revolución en Caracas en 1810. Siguiendo estas viejas convicciones, firmó el 15 de febrero de 1817 una ardiente Pastoral, en la que glosaba las letras pontificias sobre la revolución criolla. Por haberse impreso en La Gaceta de Caracas, 5 de marzo del mismo año, la Pastoral alcanzo bastante difusión.

Dice el Provisor: “Dios ha hablado, es forzoso obedecer”. Pero porque la impiedad, sostenida por los hijos de las tinieblas, multiplica folletos “cuya sofistería y cavilosidad fascinan a los sencillos y sirven de armas ofensivas a los incrédulos e irreligiosos”, conviene aplicar al Santo Padre Pio VII lo que 5. Anastasio dijo del Papa San Félix “que estando a su cargo el cuidado de esta numerosa grey, es un deber suyo socorrerla en sus urgencias, proporcionándole auxilios oportunos para liberarla del precipicio”.

Dada la tremenda tensión de la guerra civil que ensangrentaba aquel año Venezuela, se entiende la resistencia que tales conceptos habían de provocar en muchos lugares. El mismo Dr. Maya lo registró en una nueva amarguísima circular el 12 de octubre del año siguiente 1818. Había creído (dice) que a la publicación de las letras apostólicas dirigidas a los americanos “se mudaría el aspecto político de estas provincias y la religión recobraría el esplendor edificante que siempre obtuvo en esta metrópoli desde el feliz momento en que sus individuos fueron asociados a la grey de Jesucristo. Pero os confesamos con dolor que fueron vanas nuestras esperanzas, porque el germen de la sedición produjo más amargos frutos. La desobediencia al rey y a sus ministros forma el carácter de muchos espíritus atrevidos, y nuestros ojos se han cerrado para no ver la relajación escandalosa de que se glorían con una especie de impunidad los hombres perversos”.

ENCICLICA “ETSI IAM DIU” DEL PAPA LEON XII

(24 de septiembre de 1824)

A los venerables hermanos los arzobispos y obispos de América.

León XII, PAPA

Venerables hermanos, salud y la bendición apostólica. Aunque nos persuadimos habrá llegado hace ya tiempo a vuestras manos la encíclica que, en la elevación de nuestra humildad al solio de 5. Pedro, remitimos a todos los obispos del orbe católico, es tal el incendio de caridad en que nos abrasamos por vosotros y por vuestra grey, que hemos determinado, en manifestación de los sentimientos de nuestro corazón, dirigiros especialmente nuestras palabras. A la verdad, con el más acerbo e incomparable dolor, emanado del paternal afecto de la deplorable situación, en que tanto el Estado como a la Iglesia ha venido a reducir en esas regiones la cizaña de la rebelión, que ha sembrado en ellas el hombre enemigo, como que conocemos muy bien los graves perjuicios que resultan a la Religión, cuando desgraciadamente se alerta la tranquilidad de los pueblos. En consecuencia no podemos menos de lamentarnos amargamente, ya observando la impunidad con que corre el desenfreno y la licencia de los malvados; ya al notar como se propaga y cunde el contagio de los libros y folletos incendiarios, en los que se deprimen, menosprecian, y se intenta hacer odiosas ambas Potestades, eclesiástica y civil; y ya, por último, viendo salir, a la manera de langostas devastadoras de un tenebroso pozo, esas juntas que se forman en la lobreguez de las tinieblas, de las cuales no dudamos afirmar con San León Papa, que se concreta en ellas, como en una inmunda sentina, cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas.

Y esta palpable verdad, digna ciertamente del más triste desconsuelo, documentada y comprobada, con la experiencia de aquellas calamidades, que hemos llorado ya en la pasada época de trastorno y confusión, es para Nos en la actualidad el origen de la más acerba amargura, cuando en su consideración prevemos los inmensos males que amenazan a esa heredad el Señor por esta clase de desórdenes.

Examinándolos con dolor, se dilata nuestro corazón sobre Vosotros, venerables hermanos, no dudando estaréis íntimamente animados de igual solicitud en vista del inminente riesgo a que se hallan expuestas vuestras ovejas.

Llamados al sagrado ministerio pastoral por aquel Señor que vino a traer la paz al Mundo, siendo el autor y consumador de ella, no dejaréis de tener presente que vuestra primera obligación es procurar que se conserve ilesa la Religión, cuya incolumidad, es bien sabido, depende necesariamente de la tranquilidad de la patria. Y como sea igualmente cierto que la Religión misma es el vínculo más fuerte que une tanto a los que mandan cuanto a los que obedecen, al cumplimiento de sus diferentes deberes, conteniendo a unos y otros dentro de su respectiva esfera, conviene estrecharlo más, cuando se observa que, en la efervescencia de las contiendas, discordias y perturbaciones del orden público, el hermano se levanta contra el hermano, y la casa cae sobre la casa.

La horrorosa perspectiva, venerables hermanos, de una tan funesta desolación, nos obliga hoy a excitar vuestra fidelidad por medio de este nuestro exhorto, con la confianza de que, mediante el auxilio del Señor, no será inútil para los tibios ni gravoso para los fervorosos, sino que, estimulando en toda vuestra cotidiana solicitud, tendrán complemento nuestros deseos.

No permita Dios, nuestros muy amados hijos, no lo permita Dios, que cuando el Señor visita con el azote de indignación los pecados de los pueblos, retengáis vosotros la palabra a los fieles que se hallan encargados a vuestro cuidado, con el designio de que no entiendan que las voces de alegría y de salud sólo son oídas en los tabernáculos de los justos; que entonces llegarán a disfrutar el descanso de la opulencia y la plenitud de la paz, cuando caminen por la senda de los mandamientos de aquel Señor que inspira la alianza entre los príncipes y coloca a los reyes en el solio; que la antigua y santa Religión, que solo es tal mientras permanece incólume, no puede conservarse de ninguna manera en pureza e integridad cuando el reino dividido entre sí por facciones es, según la advertencia de Jesucristo señor nuestro, infelizmente desolado; y que vendrá con toda certeza a verificarse, por último, que los inventores de la novedad se verán precisados a reconocer algún día la verdad y a exclamar, mal que a su grado, con el profeta Jeremías: hemos esperado la paz, y no ha resultado la tranquilidad; hemos aguardado el tiempo de la medicina, y ha sobrevenido el espanto; hemos confiado en el tiempo de la salud, y ha ocurrido la turbación.

Pero ciertamente nos lisonjeamos de que un asunto de entidad tan grave tendrá por vuestra influencia, con la ayuda de Dios, el feliz y pronto resultado que Nos prometemos, si os dedicáis a esclarecer ante vuestra grey las augustas y distinguidas cualidades que caracterizan a nuestro muy amado hijo Fernando, Rey Católico de las Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al esplendor de su grandeza el lustre de la Religión y la felicidad de sus súbditos; y si con aquel celo que es debido exponéis a la consideración de todos los ilustres e inaccesibles méritos de aquellos españoles residentes en Europa, que han acreditado su lealtad, siempre constante, con el sacrificio de sus intereses y de sus vidas, en obsequio y defensa de la Religión y de la potestad legítima. La distinguida predilección, venerables hermanos, para con vosotros y vuestra grey, que nos estimula a dirigiros este escrito, nos hace, por el mismo caso, estremecer, tanto más por vuestra situación cuanto os consideramos mayormente oprimidos de graves obligaciones en la enorme distancia que os separa de vuestro común padre.

Es sin embargo, un deber que Os impone vuestro oficio pastoral el prestar auxilio y socorro a las personas afligidas, el descargar de las cervices de todos los atribulados el pesado yugo de la adversidad que los aqueja, y cuya sola idea obliga a verter lágrimas; el orar, por último, incesantemente al Señor con humildes y fervorosos ruegos, como deben hacerlo todos aquellos que aman con verdad a sus prójimos y a su patria, para que se designe su divina Majestad imperar que cesen los impetuosos vientos de la discordia, y aparezca la paz y tranquilidad deseada.

Tal es, sin duda, el concepto que tenemos formado de vuestra fidelidad, caridad, religión y fortaleza; y en tanto grado Os consideramos adornados de estas virtudes, que Nos persuadimos cumpliréis de modo todos los enunciados deberes que Os hemos recordado, que la Iglesia diseminada en esas regiones obtendrá por vuestra solicitud la paz, y será magníficamente edificada, siguiendo las sendas del santo temor de dios y de la consolación del Divino Espíritu.

Con esta confianza, de tanto consuelo para Nos, para esta Santa Sede, y para toda la universal católica Iglesia, que nos inspira vuestras virtudes, ínterin el Cielo, venerables hermanos, derrama sobre vosotros y sobre la grey que presidís el auxilio y socorro que le pedimos, os darnos a todos con el mayor afecto la bendición apostólica. Dado en Roma, en 5. Pedro, sellado con el sello del Pescador, el día veinte y cuatro de septiembre de mil ochocientos veinticuatro, año primero de nuestro Pontificado.

Pastoral del Licenciado don Nicolás Alonso Andrade y San Juan, Provisor, Vicario general y Gobernador del Obispado de Puerto Rico con fecha del 10 de mayo de 1825.

A vuestros muy amados Hermanos de este Ilmo. Cabildo, Párrocos, Sacerdotes y regulares, y demás fieles cristianos naturales y residentes de esta Diócesis, salud en Nuestro Señor Jesucristo.

Aquella piedra de que los hechos apostólicos se dice que fue reprobada por vosotros los arquitectos, ha querido la Divina Providencia que después de ser violentamente ultrajada, haya vuelto a restablecerse por cabeza del ángulo del Reyno, que no ha conocido desde el Rey D Pelayo otro nombre debajo del Cielo dado a los hombres, que el de Jesucristo, que es necesario para salvarnos. Vosotros, Puertorriqueños, habéis estado entre las oscilaciones que os ha inspirado la maldad de algunos extraños que introducidos o por piedad o por malicia, han causado en vuestros corazones sencillos incalculables males, queriendo arrancar de ellos aquella fe que es necesaria para conseguir la salud eterna: sus ardides pueden haber adelantado mucho en alguna parte de la incauta Juventud, usando de todos los árbitros que están al alcance de su maldad para rebelaros contra Dios y contra el Rey: sus máximas detestables han alarmado la sinceridad de muy pocos jóvenes, para distraerlos del seno santo de la virtud, por una parte propagando libros, folletos y sus pinturas que os impriman opiniones abominables é ignominiosas; por otra separándoos con halagos del seno de la Sociedad en que nacisteis, sujetos a un Soberano, prestando para incitaros a rebelión, una libertad imaginaria y una igualdad desconocida, que solo han cabido en las cabezas desatinadas de aquellos que congregando a los simples, les hacen creer que quedarán ilustrados negando a Dios y faltando al Rey.

Os pedimos con encarecimiento, por la sangre de Jesucristo, y por la ley que habéis heredado de vuestros padres, que no seáis ingratos a los benéficos llamamientos que os hace, no solo nuestra augusto Monarca: os ha llamado y os llama reiteradamente a que quitada toda preocupación os consolidéis con los fieles y leales vasallos de S.M., sin desentendernos de los indultos que os ha prodigado en varias Reales Cédulas, como son la de 20 de Marzo y 8 de Octubre del año próximo pasado, y a más de esto la que se dio en 1 de Agosto del mismo año, prohibiendo las congregaciones de francmasones, comuneros, y otras sociedades secretas, cualquiera que sea su denominación.

CONCLUSIONES

1)  Siguiendo las líneas de Pedro de Leturia: podemos decir que las encíclicas “Etsi longissimo” y “ Etsi iam diu” de los Papas Pío VII y León XII respectivamente , no se pronuncian o condenan a los hombres que organizaban y luchaban por la liberación de la dominación colonial. Si lo hacen las jerarquías de la iglesia católica con inmensa colera y odio.

2)  Este ataque lleno de sentencias y anatemas se dirigen específicamente contra la Francmasonería y sus integrantes.

3)  Sirve acotar que: los ataques contra nuestra hermandad, han sido y son de variadas formas y/o estilo.

Como encíclicas conocemos:

.     “In Eminenti apostolatus specula” del Papa Clemente XII (24 de abril de 1738)

,      “Providas Romanorum” del Papa Benedicto XIV (18 de marzo de 1751)

.     “Etsi longissimo” del Papa Pío VII (30 de enero de1816)

,      “Etsi iam diu” del Papa León XII (24 de septiembre de 1824)

.     “Tráditi humilitati nostrae” del Papa Pío VIII (24 de mayo de 1829)

,      “Humanum Genus” del Papa León XIII (20 de abril de1884)

.     Los Papas Gregorio XVI y Pío IX también se refirieron a esta situación.

BIBLIOGRAFIA

Las Encíclicas:

Anuario de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla Pedro de Leturia: La Encíclica de Pio VII – Sobre la Revolución Hispanoamericano

Artículos en Revistas y otros.

Dávila, A. (1965). Sobre la revolución Hispanoamérica y su divulgación en Puerto Rico. San Juan de Puerto Rico

Q:. H:. Adriel Seguel Seguel